Santa Croce ha experimentado numerosas transformaciones. Fundado en el siglo XVI como convento dominico, a lo largo de casi quinientos años el complejo se ha convertido en almacén y hospital oftalmológico militar y, durante gran parte del siglo XX, albergó un reformatorio juvenil. Cada nueva función modificó sus espacios y las formas de habitarlos, dejando tras de sí diferentes historias, memorias e imaginarios.
Es a partir de este contexto que toma forma Tales, la segunda edición de la residencia MARES. En 2025, Ruins partía de las huellas materiales para interrogar el pasado de Santa Croce; Tales, en cambio, se centra en las historias encontradas, escuchadas o imaginadas entre sus muros. En lugar de determinar cuál de ellas ofrece la versión más auténtica del lugar, la exposición explora lo que estas narrativas pueden generar: otras historias, nuevas interpretaciones y posibilidades aún por imaginar. En este sentido, la exposición aborda Santa Croce como un lugar en constante transformación, donde las historias pertenecientes a distintas épocas continúan superponiéndose y reformulando nuestra manera de percibirlo en el presente.
Estas narrativas no pertenecen únicamente a las personas que han pasado por el convento. También pueden encontrarse en la arquitectura y las transformaciones del edificio, en las plantas y los animales que lo habitan, así como en los objetos, las imágenes, las creencias y los relatos que se han acumulado con el paso del tiempo. Tales toma esta pluralidad como punto de partida, poniendo en relación experiencias humanas y más que humanas, memoria y materia, naturaleza e imaginación, pasado y futuro.
En la primera planta, bajo el lucernario situado en la intersección del pasillo, Dopo tanto perdermi (2024), de Lucia Cristiani, abre la exposición. Reconfigurada para Santa Croce, la obra se despliega verticalmente desde lo alto: lo que desde la distancia parece una presencia orgánica revela, al acercarse, una malla de cadenas anudadas de plata, cobre, latón y acero. Instalada en uno de los espacios restaurados del complejo, la obra reintroduce una presencia que evoca la ruina y sus procesos de transformación. Al final del mismo pasillo, esta reflexión continúa con Living Mesh (2026), instalada en la sala donde los jóvenes del reformatorio solían reunirse con sus familias. Once esculturas suspendidas están realizadas a partir de los módulos de vidrio de las lámparas Giogali de Angelo Mangiarotti: elementos en forma de gancho, extraídos de su función original y reorganizados en estructuras interdependientes que evocan cuerpos abstractos y potenciales. Cada módulo conserva su singularidad al tiempo que sostiene a los demás y es, a su vez, sostenido por ellos. En un lugar históricamente dedicado a la disciplina y el control de los cuerpos, la obra introduce así una relación diferente entre ellos, basada en el espacio compartido y el apoyo mutuo.
De una recomposición metafórica de los cuerpos que han pasado por Santa Croce, la exposición se desplaza hacia el extrañamiento de sus espacios. En una antigua aula del reformatorio, Martina Ferrari presenta MOSTRO MUTANTE NATO ARTIFICIALMENTE ESCE DALLA GROTTA (2026): dos linternas mágicas construidas por la artista, inspiradas en los primeros dispositivos de proyección precinematográficos, muestran en bucle diapositivas originales de finales del siglo XIX que representan glaciares alpinos. Ferrari evoca la fantasmagoría, un espectáculo de apariciones, demonios y figuras monstruosas, superponiendo a las imágenes históricas siluetas extraídas de juguetes contemporáneos. El miedo atraviesa y conecta estos distintos imaginarios: mientras que en algunos contextos alpinos premodernos los glaciares eran percibidos como presencias amenazantes, en las diapositivas del siglo XIX se convirtieron en territorios que atravesar, explorar y medir. Ferrari cuestiona este cambio de perspectiva, poniendo el conocimiento científico del paisaje en tensión con el deseo de controlarlo y dominarlo. En sus proyecciones, figuras de nuestro presente se convierten en presencias monstruosas que invaden imágenes del pasado, haciendo aflorar escenarios distópicos. El miedo cambia así de forma: de la amenaza que el glaciar suponía para los seres humanos a aquella producida por las formas en que estos intervienen en el paisaje, conectando formas de poder pertenecientes a distintas temporalidades. En el aula contigua y en varios puntos del pórtico superior emerge un sonido extraño. En slow pulse boy (2026), el sonido se propaga por tres puntos distintos del espacio, extendiendo la presencia evocada por la instalación más allá de las imágenes proyectadas. Ferrari entrelaza sonidos mecánicos producidos con piezas de los proyectores con grabaciones de sus propias interacciones con cascadas heladas y glaciares. Gritos metálicos, fricciones y resonancias desdibujan los límites entre el cuerpo de la máquina y el del hielo, dando voz a la dimensión monstruosa y amenazante de los paisajes representados.
Continuando el recorrido, se llega a la antigua biblioteca del convento, convertida en capilla durante los años del reformatorio, que alberga la instalación El fin de la tormenta (2026), de Krizia León Porta. La obra surge de la investigación de la artista sobre las formas en que las comunidades campesinas del Piamonte establecían una relación con la atmósfera y respondían a fenómenos como las tormentas, las sequías y el granizo. Las procesiones de rogativas, los objetos y rituales de protección, las piedras del rayo y las campanas que se hacían sonar contra las tormentas dan testimonio de distintas prácticas unidas por la idea de una relación recíproca entre cielo, atmósfera y tierra. En los tres grandes lienzos, esta relación se traslada también al proceso de creación de las imágenes: León Porta cubre la superficie con carboncillo y después trabaja por sustracción, borrando el negro para que la imagen pueda emerger. La luz no se añade, sino que se busca en la oscuridad y se devuelve gradualmente a la superficie. Bajo cada lienzo, un gran círculo negro realizado con carbón y rocas volcánicas se extiende sobre el suelo. Concebido por la artista como una forma de protección, el círculo recuerda también la práctica de delimitar una porción de tierra para preservarla. Los lienzos y los círculos establecen así una relación vertical entre las imágenes del cielo y la tierra, mientras que el carbón, un material central en la práctica de la artista, recorre toda la instalación, reforzando esta conexión.
Descendiendo desde la biblioteca, la exposición continúa con la obra de Benedetta Fioravanti. A la entrada de las celdas de aislamiento del antiguo reformatorio, que no son accesibles al público, tres pinturas de Till Gerhard introducen Us above the brutes, 1–3 (2026), prolongando la colaboración iniciada por la artista con el pintor alemán. Los lienzos, que evocan escenas de libertad adolescente y despreocupación, aparecen casi como ventanas abiertas hacia otro lugar, en contraste con los espacios de reclusión frente a los que se sitúan, y anticipan algunos de los imaginarios que resurgen en el vídeo. Presentado en la antigua lavandería del reformatorio, Us above the brutes (2026) construye una red de asociaciones a partir de grabaciones familiares procedentes del archivo Home Movies, consultadas durante la primera residencia de Alchemilla en Bolonia, material recopilado de YouTube y huellas encontradas por la artista en los espacios de Santa Croce. Tomando como punto de partida a los Niños Perdidos de Peter Pan, Fioravanti dirige su mirada hacia los chicos que habitaron el reformatorio a través del ocio, el aburrimiento y el deseo de escapar, sacando a la superficie una dimensión de la adolescencia que escapa a la imagen de normas y disciplina transmitida por el lugar. En las celdas de aislamiento, Fioravanti encontró grafitis e inscripciones dejados por los jóvenes; en la antigua lavandería, donde ahora se presenta la obra, han sobrevivido personajes de Disney, futbolistas, animales, nombres y dibujos. Estas presencias conforman un archivo informal y parcialmente indescifrable, que el vídeo pone en relación con imágenes pertenecientes a otros lugares y otras vidas. Una pista de audio compuesta por sonidos y fragmentos de voces acompaña las imágenes y acentúa su ambigüedad, en una oscilación continua entre la ligereza y la inquietud.
Las cuatro artistas de Tales proponen así nuevas formas de imaginar e interpretar Santa Croce, revelando conexiones materiales, emocionales e imaginarias que entrelazan su pasado y su presente. Sus obras no buscan reconstruir una historia única e inequívoca del complejo, sino que parten de aquello que ha permanecido allí —objetos, memorias, imágenes, creencias— para abrirlo a nuevos imaginarios. Quizá aver visto le masche¹ signifique precisamente esto: atravesar Santa Croce y salir viéndolo de otra manera, conscientes de que lo que sabemos sobre el lugar siempre coexiste con aquello que resulta difícil de reconocer o explicar.
Tales es la exposición final de la segunda edición del programa trienal de residencias organizado por MARES, asociación sin ánimo de lucro de Amina Berdin y Tatiana Palenzona. Agradecemos a Intesa Sanpaolo, SNATT Logistica, Logint Real Estate S.r.l. y OMLOG su apoyo al proyecto, así como al Ayuntamiento de Bosco Marengo y a la asociación Amici di Santa Croce su colaboración y la cesión de los espacios.
¹ Aver visto le masche es una expresión popular piamontesa utilizada para describir la sensación de haber encontrado algo difícil de identificar o explicar. Sonidos, movimientos o formas inusuales vistos en la oscuridad podían atribuirse a las masche, figuras del folclore local a las que se atribuía la capacidad de cambiar de apariencia y confundir a los seres humanos, desdibujando los límites entre realidad e imaginación.
Santa Croce ha experimentado numerosas transformaciones. Fundado en el siglo XVI como convento dominico, a lo largo de casi quinientos años el complejo se ha convertido en almacén y hospital oftalmológico militar y, durante gran parte del siglo XX, albergó un reformatorio juvenil. Cada nueva función modificó sus espacios y las formas de habitarlos, dejando tras de sí diferentes historias, memorias e imaginarios.
Es a partir de este contexto que toma forma Tales, la segunda edición de la residencia MARES. En 2025, Ruins partía de las huellas materiales para interrogar el pasado de Santa Croce; Tales, en cambio, se centra en las historias encontradas, escuchadas o imaginadas entre sus muros. En lugar de determinar cuál de ellas ofrece la versión más auténtica del lugar, la exposición explora lo que estas narrativas pueden generar: otras historias, nuevas interpretaciones y posibilidades aún por imaginar. En este sentido, la exposición aborda Santa Croce como un lugar en constante transformación, donde las historias pertenecientes a distintas épocas continúan superponiéndose y reformulando nuestra manera de percibirlo en el presente.
Estas narrativas no pertenecen únicamente a las personas que han pasado por el convento. También pueden encontrarse en la arquitectura y las transformaciones del edificio, en las plantas y los animales que lo habitan, así como en los objetos, las imágenes, las creencias y los relatos que se han acumulado con el paso del tiempo. Tales toma esta pluralidad como punto de partida, poniendo en relación experiencias humanas y más que humanas, memoria y materia, naturaleza e imaginación, pasado y futuro.
En la primera planta, bajo el lucernario situado en la intersección del pasillo, Dopo tanto perdermi (2024), de Lucia Cristiani, abre la exposición. Reconfigurada para Santa Croce, la obra se despliega verticalmente desde lo alto: lo que desde la distancia parece una presencia orgánica revela, al acercarse, una malla de cadenas anudadas de plata, cobre, latón y acero. Instalada en uno de los espacios restaurados del complejo, la obra reintroduce una presencia que evoca la ruina y sus procesos de transformación. Al final del mismo pasillo, esta reflexión continúa con Living Mesh (2026), instalada en la sala donde los jóvenes del reformatorio solían reunirse con sus familias. Once esculturas suspendidas están realizadas a partir de los módulos de vidrio de las lámparas Giogali de Angelo Mangiarotti: elementos en forma de gancho, extraídos de su función original y reorganizados en estructuras interdependientes que evocan cuerpos abstractos y potenciales. Cada módulo conserva su singularidad al tiempo que sostiene a los demás y es, a su vez, sostenido por ellos. En un lugar históricamente dedicado a la disciplina y el control de los cuerpos, la obra introduce así una relación diferente entre ellos, basada en el espacio compartido y el apoyo mutuo.
De una recomposición metafórica de los cuerpos que han pasado por Santa Croce, la exposición se desplaza hacia el extrañamiento de sus espacios. En una antigua aula del reformatorio, Martina Ferrari presenta MOSTRO MUTANTE NATO ARTIFICIALMENTE ESCE DALLA GROTTA (2026): dos linternas mágicas construidas por la artista, inspiradas en los primeros dispositivos de proyección precinematográficos, muestran en bucle diapositivas originales de finales del siglo XIX que representan glaciares alpinos. Ferrari evoca la fantasmagoría, un espectáculo de apariciones, demonios y figuras monstruosas, superponiendo a las imágenes históricas siluetas extraídas de juguetes contemporáneos. El miedo atraviesa y conecta estos distintos imaginarios: mientras que en algunos contextos alpinos premodernos los glaciares eran percibidos como presencias amenazantes, en las diapositivas del siglo XIX se convirtieron en territorios que atravesar, explorar y medir. Ferrari cuestiona este cambio de perspectiva, poniendo el conocimiento científico del paisaje en tensión con el deseo de controlarlo y dominarlo. En sus proyecciones, figuras de nuestro presente se convierten en presencias monstruosas que invaden imágenes del pasado, haciendo aflorar escenarios distópicos. El miedo cambia así de forma: de la amenaza que el glaciar suponía para los seres humanos a aquella producida por las formas en que estos intervienen en el paisaje, conectando formas de poder pertenecientes a distintas temporalidades. En el aula contigua y en varios puntos del pórtico superior emerge un sonido extraño. En slow pulse boy (2026), el sonido se propaga por tres puntos distintos del espacio, extendiendo la presencia evocada por la instalación más allá de las imágenes proyectadas. Ferrari entrelaza sonidos mecánicos producidos con piezas de los proyectores con grabaciones de sus propias interacciones con cascadas heladas y glaciares. Gritos metálicos, fricciones y resonancias desdibujan los límites entre el cuerpo de la máquina y el del hielo, dando voz a la dimensión monstruosa y amenazante de los paisajes representados.
Continuando el recorrido, se llega a la antigua biblioteca del convento, convertida en capilla durante los años del reformatorio, que alberga la instalación El fin de la tormenta (2026), de Krizia León Porta. La obra surge de la investigación de la artista sobre las formas en que las comunidades campesinas del Piamonte establecían una relación con la atmósfera y respondían a fenómenos como las tormentas, las sequías y el granizo. Las procesiones de rogativas, los objetos y rituales de protección, las piedras del rayo y las campanas que se hacían sonar contra las tormentas dan testimonio de distintas prácticas unidas por la idea de una relación recíproca entre cielo, atmósfera y tierra. En los tres grandes lienzos, esta relación se traslada también al proceso de creación de las imágenes: León Porta cubre la superficie con carboncillo y después trabaja por sustracción, borrando el negro para que la imagen pueda emerger. La luz no se añade, sino que se busca en la oscuridad y se devuelve gradualmente a la superficie. Bajo cada lienzo, un gran círculo negro realizado con carbón y rocas volcánicas se extiende sobre el suelo. Concebido por la artista como una forma de protección, el círculo recuerda también la práctica de delimitar una porción de tierra para preservarla. Los lienzos y los círculos establecen así una relación vertical entre las imágenes del cielo y la tierra, mientras que el carbón, un material central en la práctica de la artista, recorre toda la instalación, reforzando esta conexión.
Descendiendo desde la biblioteca, la exposición continúa con la obra de Benedetta Fioravanti. A la entrada de las celdas de aislamiento del antiguo reformatorio, que no son accesibles al público, tres pinturas de Till Gerhard introducen Us above the brutes, 1–3 (2026), prolongando la colaboración iniciada por la artista con el pintor alemán. Los lienzos, que evocan escenas de libertad adolescente y despreocupación, aparecen casi como ventanas abiertas hacia otro lugar, en contraste con los espacios de reclusión frente a los que se sitúan, y anticipan algunos de los imaginarios que resurgen en el vídeo. Presentado en la antigua lavandería del reformatorio, Us above the brutes (2026) construye una red de asociaciones a partir de grabaciones familiares procedentes del archivo Home Movies, consultadas durante la primera residencia de Alchemilla en Bolonia, material recopilado de YouTube y huellas encontradas por la artista en los espacios de Santa Croce. Tomando como punto de partida a los Niños Perdidos de Peter Pan, Fioravanti dirige su mirada hacia los chicos que habitaron el reformatorio a través del ocio, el aburrimiento y el deseo de escapar, sacando a la superficie una dimensión de la adolescencia que escapa a la imagen de normas y disciplina transmitida por el lugar. En las celdas de aislamiento, Fioravanti encontró grafitis e inscripciones dejados por los jóvenes; en la antigua lavandería, donde ahora se presenta la obra, han sobrevivido personajes de Disney, futbolistas, animales, nombres y dibujos. Estas presencias conforman un archivo informal y parcialmente indescifrable, que el vídeo pone en relación con imágenes pertenecientes a otros lugares y otras vidas. Una pista de audio compuesta por sonidos y fragmentos de voces acompaña las imágenes y acentúa su ambigüedad, en una oscilación continua entre la ligereza y la inquietud.
Las cuatro artistas de Tales proponen así nuevas formas de imaginar e interpretar Santa Croce, revelando conexiones materiales, emocionales e imaginarias que entrelazan su pasado y su presente. Sus obras no buscan reconstruir una historia única e inequívoca del complejo, sino que parten de aquello que ha permanecido allí —objetos, memorias, imágenes, creencias— para abrirlo a nuevos imaginarios. Quizá aver visto le masche¹ signifique precisamente esto: atravesar Santa Croce y salir viéndolo de otra manera, conscientes de que lo que sabemos sobre el lugar siempre coexiste con aquello que resulta difícil de reconocer o explicar.
Tales es la exposición final de la segunda edición del programa trienal de residencias organizado por MARES, asociación sin ánimo de lucro de Amina Berdin y Tatiana Palenzona. Agradecemos a Intesa Sanpaolo, SNATT Logistica, Logint Real Estate S.r.l. y OMLOG su apoyo al proyecto, así como al Ayuntamiento de Bosco Marengo y a la asociación Amici di Santa Croce su colaboración y la cesión de los espacios.
¹ Aver visto le masche es una expresión popular piamontesa utilizada para describir la sensación de haber encontrado algo difícil de identificar o explicar. Sonidos, movimientos o formas inusuales vistos en la oscuridad podían atribuirse a las masche, figuras del folclore local a las que se atribuía la capacidad de cambiar de apariencia y confundir a los seres humanos, desdibujando los límites entre realidad e imaginación.