[Fragmento del texto curatorial]
Después de las agotadoras jornadas de navegación por el Mar Ártico, tras toparme con múltiples temporales y corrientes que confundían continuamente mi rumbo, percibí una extraña luz en el horizonte. Una luz cálida que contrastaba drásticamente con el gris plomizo de los cielos árticos. Con las pocas fuerzas que me quedaban, me dirigí hacia aquella luz de ámbar y empecé a distinguir una serie de contornos de lo que parecía ser una isla. Tierra firme. Tras haber perdido toda conciencia del tiempo y del espacio, no comprendía si la visión era el producto de mi imaginación o si había llegado verdaderamente a mi ansiado destino.
Seguía acercándome a la isla y los nubarrones se fueron disipando para desvelar un cielo azulísimo que, lejos de transmitir la familiaridad de mi tierra de origen, creaba una atmósfera inaudita. Me estaba acercando a un lugar extraño y familiar, una región que hace muchísimo tiempo que ningún humano había visitado. En las próximas páginas realizaré una extensa descripción de todo aquello que alcance a descubrir en la isla comúnmente conocida como Thule, un enclave a la deriva de la humanidad, ajeno a toda narrativa moderna del progreso y la civilización. Sin embargo, antes debería explicar las razones que me han hecho llegar hasta sus costas.
Descubrí Thule cuando me preparaba para mi viaje de investigación curatorial a Oslo. Una me sugirió que explorara esta isla mítica que desde la Antigüedad ha encantado las narrativas cartográficas relativas al norte de Europa y el Ártico. Un fenómeno cultural donde el paisaje y la leyenda creaban las condiciones ideales para imaginar otras formas de habitar nuestro presente en crisis. El explorador griego Piteas partió entre 330 y 320 antes de Cristo hacia las tierras septentrionales y, tras abandonar la costa de Gran Bretaña y navegar seis días hacia el norte, descubrió un territorio donde «ni la tierra existía por sí misma, ni tampoco el mar ni el vapor, sino una especie de mezcla de todos ellos, similar a un pulmón marino, en la que la tierra, el mar y todas las cosas permanecían suspendidas»[1]. Pese a que su tratado Sobre el océano se perdió, las descripciones que hicieron otros pensadores de la antigüedad sobre sus descubrimientos convertirían a Thule en el confín septentrional del planeta durante los próximos siglos. Se trataba de un territorio que delimitaba la frontera entre el mundo conocido de la Europa antigua y medieval y el inefable reino de lo desconocido. Con el surgimiento de la ciencia y la tecnología modernas en el continente, geógrafos y cartógrafos no encontraron un territorio inequívocamente identificable como la Thule de Piteas, y desde entonces se han propuesto múltiples localizaciones, como las Islas Feroe, el norte de Escocia o la costa oeste de Noruega.
Pese a las múltiples contradicciones y lagunas en los testimonios en torno al viaje de Piteas, Thule se convirtió en un territorio mítico que marcaba los límites de lo cognoscible en una sociedad premoderna. El enclave no se trataba de un límite geográfico real, no obstante, se convirtió en un símbolo de todo aquello que permanecía más allá del umbral del conocimiento. Al emprender esta investigación, no estaba interesado en descubrir una civilización perdida en aquella isla, ni siquiera en demostrar si existe, sino en especular sobre cómo su paisaje, habitantes o tradiciones podrían proporcionarnos nuevas herramientas para navegar la incertidumbre que rodea la crisis ecosocial del presente. En Arts of Living on a Damaged Planet, Anna Tsing, Nils Bubandt, Elaine Gan y Anne Swanson abordan la indeterminación para examinar las consecuencias filosóficas y materiales del impacto de la humanidad sobre el planeta[2]. La incapacidad —o dificultad— para determinar si los agentes de determinados acontecimientos catastróficos son humanos o naturales los lleva a comparar estos momentos de duda con experiencias sobrenaturales, como sucede en aquellas historias donde el encuentro del protagonista con un fantasma, un monstruo o un hada resulta incierto. Del mismo modo, Tzvetan Todorov profundiza en aquellos encuentros con figuras o presencias que no podemos clasificar como pertenecientes a nuestro mundo, encuentros que se encuentran en el corazón mismo de la narrativa fantástica[3]. En sus palabras, lo fantástico crea espacios o momentos de incertidumbre en los que dudamos de si aquello que percibimos pertenece a este mundo o a otro dominio de lo real.
Para encontrar o imaginarme Thule, por tanto, debía explorar aquellos espacios o acontecimientos situados más allá de los límites de las categorías racionalistas de la modernidad, donde lo real se funde con lo misterioso e inefable. Debía intentar desestabilizar la separación moderna del sujeto y el objeto, de la naturaleza y la cultura, y emprender mi búsqueda a través del extenso y abundante imaginario folclórico de Noruega y Escandinavia. Así es como me topé con East of the Sun and West of the Moon, un cuento recopilado por Christen Asbjørnsen y Jørgen Moe[4] que relata el viaje de una joven en busca de un príncipe encantado, oculto en un castillo situado “al este del sol y al oeste de la luna”. Guiada por los cuatro vientos, alcanza finalmente ese territorio remoto, más allá de cualquier tierra conocida. Pese a recogerse a mediados del siglo XIX, este cuento de hadas pertenece a la tradición oral noruega previa a la industrialización y, en algunos casos, a la cristianización. Un dominio situado más allá de cualquier tierra conocida, al que solo puede accederse pasando una serie de pruebas donde la protagonista pierde su sentido habitual de la orientación.
El castillo ubicado al este del sol y al oeste de la luna quizás no sea Thule, pero sí que recoge algunos de los elementos premodernos que nos sirven a la hora de imaginarnos su aspecto. Según Reimund Kvideland y Henning K. Sehmsdorf en Scandinavian Folk Belief and Legend, las creencias nórdicas preindustriales concebían una conexión intrínseca entre los seres humanos y su entorno[5], recurriendo a los llamados “seres invisibles” para desvelar los misterios que las rodeaban: criaturas fantásticas como trolls, nøkks, sirenas y tritones eran concebidas como parte de la propia naturaleza. Eran seres invisibles que solo se hacían visibles en momentos específicos y temporales, cuando las personas se encontraban con ellos en las profundidades de bosques oscuros, en las cumbres azotadas por el viento o entre los gemidos de las tormentas marinas. Del mismo modo, los seres legendarios del folclore noruego fueron representados con especial ambigüedad por Theodor Kittelsen, cuya obra destaca por sus representaciones liminales, en las que paisajes espectrales se disuelven en figuras monstruosas —trolls, draugen, etc.—, desdibujando la frontera entre entorno y criatura, percepción y alucinación[6].
[1] Pytheas of Massalia, On the Ocean: Text, Translation and Commentary, ed. and trans. Christina Horst Roseman (Chicago: Ares Publishers, 1994), 125.
[2] Anna Lowenhaupt Tsing, Heather Anne Swanson, Elaine Gan, and Nils Bubandt, eds., Arts of Living on a Damaged Planet: Ghosts and Monsters of the Anthropocene (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2017).
[3] Tzvetan Todorov, The Fantastic: A Structural Approach to a Literary Genre, trans. Richard Howard (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1975), 24–25.
[4] Peter Christen Asbjørnsen and Jørgen Moe, “East o’ the Sun and West o’ the Moon,” in Popular Tales from the Norse, trans. George Webbe Dasent (New York: G. P. Putnam’s Sons; Edinburgh: David Douglas, 1912), 22–35.
[5] Reimund Kvideland and Henning K. Sehmsdorf, Scandinavian Folk Belief and Legend (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1988), 3–38, 201–276.
[6] “Theodor Kittelsen,” Lauvlia – Buskerudmuseet, accessed August 26, 2026.
[Fragmento del texto curatorial]
Después de las agotadoras jornadas de navegación por el Mar Ártico, tras toparme con múltiples temporales y corrientes que confundían continuamente mi rumbo, percibí una extraña luz en el horizonte. Una luz cálida que contrastaba drásticamente con el gris plomizo de los cielos árticos. Con las pocas fuerzas que me quedaban, me dirigí hacia aquella luz de ámbar y empecé a distinguir una serie de contornos de lo que parecía ser una isla. Tierra firme. Tras haber perdido toda conciencia del tiempo y del espacio, no comprendía si la visión era el producto de mi imaginación o si había llegado verdaderamente a mi ansiado destino.
Seguía acercándome a la isla y los nubarrones se fueron disipando para desvelar un cielo azulísimo que, lejos de transmitir la familiaridad de mi tierra de origen, creaba una atmósfera inaudita. Me estaba acercando a un lugar extraño y familiar, una región que hace muchísimo tiempo que ningún humano había visitado. En las próximas páginas realizaré una extensa descripción de todo aquello que alcance a descubrir en la isla comúnmente conocida como Thule, un enclave a la deriva de la humanidad, ajeno a toda narrativa moderna del progreso y la civilización. Sin embargo, antes debería explicar las razones que me han hecho llegar hasta sus costas.
Descubrí Thule cuando me preparaba para mi viaje de investigación curatorial a Oslo. Una me sugirió que explorara esta isla mítica que desde la Antigüedad ha encantado las narrativas cartográficas relativas al norte de Europa y el Ártico. Un fenómeno cultural donde el paisaje y la leyenda creaban las condiciones ideales para imaginar otras formas de habitar nuestro presente en crisis. El explorador griego Piteas partió entre 330 y 320 antes de Cristo hacia las tierras septentrionales y, tras abandonar la costa de Gran Bretaña y navegar seis días hacia el norte, descubrió un territorio donde «ni la tierra existía por sí misma, ni tampoco el mar ni el vapor, sino una especie de mezcla de todos ellos, similar a un pulmón marino, en la que la tierra, el mar y todas las cosas permanecían suspendidas»[1]. Pese a que su tratado Sobre el océano se perdió, las descripciones que hicieron otros pensadores de la antigüedad sobre sus descubrimientos convertirían a Thule en el confín septentrional del planeta durante los próximos siglos. Se trataba de un territorio que delimitaba la frontera entre el mundo conocido de la Europa antigua y medieval y el inefable reino de lo desconocido. Con el surgimiento de la ciencia y la tecnología modernas en el continente, geógrafos y cartógrafos no encontraron un territorio inequívocamente identificable como la Thule de Piteas, y desde entonces se han propuesto múltiples localizaciones, como las Islas Feroe, el norte de Escocia o la costa oeste de Noruega.
Pese a las múltiples contradicciones y lagunas en los testimonios en torno al viaje de Piteas, Thule se convirtió en un territorio mítico que marcaba los límites de lo cognoscible en una sociedad premoderna. El enclave no se trataba de un límite geográfico real, no obstante, se convirtió en un símbolo de todo aquello que permanecía más allá del umbral del conocimiento. Al emprender esta investigación, no estaba interesado en descubrir una civilización perdida en aquella isla, ni siquiera en demostrar si existe, sino en especular sobre cómo su paisaje, habitantes o tradiciones podrían proporcionarnos nuevas herramientas para navegar la incertidumbre que rodea la crisis ecosocial del presente. En Arts of Living on a Damaged Planet, Anna Tsing, Nils Bubandt, Elaine Gan y Anne Swanson abordan la indeterminación para examinar las consecuencias filosóficas y materiales del impacto de la humanidad sobre el planeta[2]. La incapacidad —o dificultad— para determinar si los agentes de determinados acontecimientos catastróficos son humanos o naturales los lleva a comparar estos momentos de duda con experiencias sobrenaturales, como sucede en aquellas historias donde el encuentro del protagonista con un fantasma, un monstruo o un hada resulta incierto. Del mismo modo, Tzvetan Todorov profundiza en aquellos encuentros con figuras o presencias que no podemos clasificar como pertenecientes a nuestro mundo, encuentros que se encuentran en el corazón mismo de la narrativa fantástica[3]. En sus palabras, lo fantástico crea espacios o momentos de incertidumbre en los que dudamos de si aquello que percibimos pertenece a este mundo o a otro dominio de lo real.
Para encontrar o imaginarme Thule, por tanto, debía explorar aquellos espacios o acontecimientos situados más allá de los límites de las categorías racionalistas de la modernidad, donde lo real se funde con lo misterioso e inefable. Debía intentar desestabilizar la separación moderna del sujeto y el objeto, de la naturaleza y la cultura, y emprender mi búsqueda a través del extenso y abundante imaginario folclórico de Noruega y Escandinavia. Así es como me topé con East of the Sun and West of the Moon, un cuento recopilado por Christen Asbjørnsen y Jørgen Moe[4] que relata el viaje de una joven en busca de un príncipe encantado, oculto en un castillo situado “al este del sol y al oeste de la luna”. Guiada por los cuatro vientos, alcanza finalmente ese territorio remoto, más allá de cualquier tierra conocida. Pese a recogerse a mediados del siglo XIX, este cuento de hadas pertenece a la tradición oral noruega previa a la industrialización y, en algunos casos, a la cristianización. Un dominio situado más allá de cualquier tierra conocida, al que solo puede accederse pasando una serie de pruebas donde la protagonista pierde su sentido habitual de la orientación.
El castillo ubicado al este del sol y al oeste de la luna quizás no sea Thule, pero sí que recoge algunos de los elementos premodernos que nos sirven a la hora de imaginarnos su aspecto. Según Reimund Kvideland y Henning K. Sehmsdorf en Scandinavian Folk Belief and Legend, las creencias nórdicas preindustriales concebían una conexión intrínseca entre los seres humanos y su entorno[5], recurriendo a los llamados “seres invisibles” para desvelar los misterios que las rodeaban: criaturas fantásticas como trolls, nøkks, sirenas y tritones eran concebidas como parte de la propia naturaleza. Eran seres invisibles que solo se hacían visibles en momentos específicos y temporales, cuando las personas se encontraban con ellos en las profundidades de bosques oscuros, en las cumbres azotadas por el viento o entre los gemidos de las tormentas marinas. Del mismo modo, los seres legendarios del folclore noruego fueron representados con especial ambigüedad por Theodor Kittelsen, cuya obra destaca por sus representaciones liminales, en las que paisajes espectrales se disuelven en figuras monstruosas —trolls, draugen, etc.—, desdibujando la frontera entre entorno y criatura, percepción y alucinación[6].
[1] Pytheas of Massalia, On the Ocean: Text, Translation and Commentary, ed. and trans. Christina Horst Roseman (Chicago: Ares Publishers, 1994), 125.
[2] Anna Lowenhaupt Tsing, Heather Anne Swanson, Elaine Gan, and Nils Bubandt, eds., Arts of Living on a Damaged Planet: Ghosts and Monsters of the Anthropocene (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2017).
[3] Tzvetan Todorov, The Fantastic: A Structural Approach to a Literary Genre, trans. Richard Howard (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1975), 24–25.
[4] Peter Christen Asbjørnsen and Jørgen Moe, “East o’ the Sun and West o’ the Moon,” in Popular Tales from the Norse, trans. George Webbe Dasent (New York: G. P. Putnam’s Sons; Edinburgh: David Douglas, 1912), 22–35.
[5] Reimund Kvideland and Henning K. Sehmsdorf, Scandinavian Folk Belief and Legend (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1988), 3–38, 201–276.
[6] “Theodor Kittelsen,” Lauvlia – Buskerudmuseet, accessed August 26, 2026.